MÚSICA Y GEMIDOS…
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MÚSICA Y GEMIDOS…

  |   Reflexions Golf i Empresa

Suena bien, y el vuelo parece que sigue un camino dibujado en el cielo que llevará inequívocamente a green. La tensión expectante es alta y la imagen de los dos jugadores inmóviles con el cuerpo retorcido uno, e inclinado el otro, es de cuadro plástico digno del mejor mimo del espectáculo.

Su cabeza asiente al unísono como si de un perfecto ballet se tratara y, al final, aggggg…

Se descomponen las figuras y maldicen el bote lateral y violento de la bola que desaparece detrás del ante green, después de pasearse por toda la superficie rasurada que se les aparece, de golpe, como un volcán.

Es la música del impacto y el gemido del resultado.

– ¿Podemos detener los instantes de incertidumbre? , pregunta Alberto.
– ¿Qué quieres decir?
– Me refiero a este instante de placer que supone el pensar que, tras el impacto, estás conduciendo la bola hacia el objetivo. Que no sabes con certeza el resultado, pero el sonido te indica que has hecho algo grande, has impactado bien.
– No se, yo creo que estos momentos duran poco. En una vuelta cuento, con suerte, cuatro o cinco momentos con final feliz. Eso sí, muchos otros con acierto pero sin orgullo.
– A eso me refiero. Yo creo que lo importante del golf es el disfrute de la música del instante del contacto y del vuelo que promete lo mejor. Si me pudiera quedar tan sólo con ello…
– Puedes hacerlo Alberto, yo no contaré nada a nadie. Tú recuerdas lo que más desees.
– Ya te dije un día que la memoria es asimétrica y uno no recuerda por igual el pasado. Desde que juego contigo y por tus comentarios fuera del campo, me parece que juego mejor. Sólo me hablas de la música, de los golpes buenos, del recorrido, del paisaje, nunca me hablas del lago – maldito lago donde tengo enterrada una fortuna en bolas -, ni de los utts de metro fallados con corbatas multiformes y, además, me concedes tantos mulligans como quiera. Todo mi juego es música.
– Los gemidos son para olvidar, Alberto.

Te contaré mi último campeonato: Tee del 1. Sale mi compañero y envía de un topazo su primera bola a la copa de un pino. Sí, sí, textual, sobre el pino… y la bola sin bajar. Se desespera y envía la segunda – su tercer golpe- fuera de límites. Como se jugaba stableford, levantó bola. Bueno, levantar es un decir, porque no pudo encontrar ni la primera, ni la segunda. Me acompañó gimiendo y tuve que contarle mi teoría de la música. El golf como una experiencia sonora que se danza con el cuerpo y con la mente.
No nos conocíamos y me miraba un tanto atónito. Hice doble boogie.
En el tee del 2 golpeó largo con madera tres. Después de seguir su bola, me miró con seriedad. Pasaron unos instantes de silencio en los que resonaba el impacto metálico…Esta es mi música, dijo soltando una carcajada. No le oí ningún otro gemido en los dieciocho hoyos.
– Te entiendo amigo, se debe mirar la parte positiva, sin olvidar que en algún momento la música puede ser disonante.
– Eso es lo que quiero que te quites de la cabeza. Debes olvidar lo malo porque, sin duda, lo disonante aparecerá aunque no quieras acordarte de ello. De lo contrario le amargarás el concierto a tu compañero de viaje.